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Hallazgos Aníbal Leserre

Si tomamos la cuestión de la invención, no podemos dejar de señalar que remite a un encuentro, a un buen encuentro. Sin embargo, eso ya estaba allí, tapado, velado, en un rincón etc. Y se produce el hallazgo en tanto que lo encontrado pertenece a un discurso. Podemos entonces preguntarnos cuáles son los posibles inventos que nos permiten el encontrar, en relación al discurso analítico. Una pregunta amplia a la cual podemos aproximar la respuesta, sosteniendo que el camino, el trayecto de la formación permanente, implica una sucesión de hallazgos que no necesariamente valen para todos. Es más, creo que se puede afirmar que son pocos los inventos que se acercan a ese ideal de tener un valor universal. Pero los encuentros con la invención necesitan, por así decirlo, generar el espacio para su producción, generar la posibilidad, que no es ni la rutina ni la tradición. Lacan, su enseñanza, es un claro ejemplo de esta posición de invención, de buscar y hallar en Freud, con su retorno, lo que permitió reubicar el discurso analítico. Es más, sus propuestas como el Cartel, el Pase y la Escuela, son dispositivos alejados de la tradición y la rutina, y ponen en juego, para cada uno, la posibilidad de la invención. Sería muy extenso particularizar en cada uno de los dispositivos nombrados, pero valga en común decir que los mismos permiten el estar por fuera del sentido común y esto es generador del hallazgo, pero a esa posibilidad hay que acompañarla con una posición que podemos sintetizar diciendo: no reducir lo que se encuentra a lo que ya se sabe. Ni que mencionar que en el proceso del análisis uno no tendría que suponer que se sabe lo que se quiere decir, cuando se dice. El analista, el deseo del analista, pone en juego una cierta suspensión del “sentido común”, y esto implica la posibilidad de la invención, del encuentro con la misma. Dicho de otra manera, inventamos de manera contingente.

¿Es necesaria la invención?

Ubiquemos la pregunta con Lacan, quien sostiene que la revelación del inconsciente nos enseña que no hay que inventar nada, pero que como sujetos, tenemos “La comezón de la invención”, y la tenemos justamente por la insistencia de lo real. 

Entonces tenemos la orientación de que lo contingente nos abre la puerta al hallazgo de lo real.

De rutinas e invenciones Jorge Ricardo Rodríguez

No solemos reparar en ellas. Se trata de nimiedades que hacen la diferencia entre estar en la vida vivo, o estar en la vida, pero muerto. Por ejemplo, sacar el cuerpo de la cama, despegarlo del colchón, quitarle las sábanas y las frazadas que lo incitan a una continuidad de quietud y calma. ¿Cómo se hace eso, sacar el cuerpo de la cama, sino es sirviéndose de alguna buena excusa que lo arrastra más allá de la habitación y lo lanza de nuevo al devenir vital? Hay que llevar los niños al colegio, pagar las cuentas, llegar a horario al trabajo. Más de cien mentiras que valen la pena, dice el poeta. Bagatelas discursivas que están ahí, en el discurso corriente, a las que se adhiere por hábito, por flojera, fabricadas pre-a-porter para aliviarnos la existencia. Claro, si uno se decide a usarlas. Pero allí no hay invención, solo estereotipia y rutina de la debilidad mental que hace mundo.

La mayoría de los mortales hacemos uso de un repertorio de costumbres y tradiciones, que las volvemos herencia para enfrentar la incertidumbre. Nos apoyamos en eso. Replicamos gestos, repetimos ritos, hablamos con palabras y frases hechas. A veces pescamos esa rutina por el tedio que ella instila. Y fantaseamos con otra cosa. La deseamos.

Otros mortales eligen otra vía. Se salen del surco de lo establecido y se vuelven precursores, profetas, creadores, inventores. También locos.

Hace ya un tiempo Stefan Zweig, ese escritor austriaco amigo de Sigmund Freud, se preguntó por estas personas, y al estudiar sus vidas señaló algunos rasgos compartidos entre ellas. Para Zweig, las características personales que favorecen la invención se podían catalogar. Encontraba que ellas eran personas que estaban un poco fuera de sí (es decir, estaban un poco locas); que en ellas habitaba un dolor, un sufrimiento o un tormento interior; y que experimentaban un exceso o un éxtasis creador casi divino. Por último, advertía Zweig, eran sujetos que encuentran su única salida en la invención o en la creación.

Con esa mezcla un poco rara de afecciones y virtudes clasificadas en el inventario de Zweig, quienes las portan nos enrostran, sin saberlo que lo hacen, nuestra estúpida existencia, circunscripta a un sentimiento de retorno eterno de lo mismo.

Yendo más allá de los límites de su tiempo y a los marcos de referencia extendidos y sabidos, ellos, los inventores, los creadores, los locos, se atreven a escudriñar en ese agujero del que otros nada quieren saber. Y logran, algunas veces, poner en crisis los saberes de su época. George Cantor, fundador de la teoría moderna de los conjuntos y de los números transfinitos, o Julius von Mayer, quien formuló el primer principio de la termodinámica, resultan nombres propios donde se conjuga la invención científica y largas temporadas en el loquero. En el arte, desde Jackson Pollock a James Joyce, volvemos a encontrar el mismo coctel que Zweig supo formular. 

Tomar el sesgo de emparentar la invención con la locura no es nada ingenioso, pero subrayarlo resulta atinado por dos razones.

La primera es que destaca el costado positivo, creativo o reconstructivo que anida en la locura (¿no decía Freud que el hombre normal es aquel que, no solo obedece a la realidad, sino que en el mismo movimiento intenta transformarla?), para contrabalancear la prensa negativa que ella tiene desde tiempos inmemoriales.

Por el otro, destacar este lazo de locura e invención, de locura y creación, resulta un hecho político en este tiempo de mayorías “políticamente correctas”, en donde prima la cultura de la cancelación para engorde de la moralina, en las que un León Ferrari y su “La civilización occidental y cristiana” y Marina Avramovich  y su perfomance “Rhythm 0” quizás ya no sean posibles, si el empuje a pasteurizar el arte se acompaña del programa civilizatorio de diseñar hombres mediocres (Ingenieros dixit) y de eliminar todo rastro de aquello sinthomático, ergo disruptivo, único lugar donde una singularidad puede asomarse.