domingo , febrero 28 2021
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Leticia Molina

Conjeturas acerca de los efectos del COVID-19 en la vida humana

Varios pensadores han transmitido sus perspectivas acerca de las consecuencias que eventualmente traerá la pandemia. Entre los más prestigiosos Agamben, Badiou, Judith Buttler, García Linera, Rita Segato, etc. Algunos arriesgan predicciones sobre la suerte que cabrá al capitalismo después de vencido el poder del COVID-19.

Días atrás Enrique Dussel fue entrevistado por una radio mexicana, para que brindara una reflexión acerca del problema que afecta a la totalidad del planeta tierra. El gran pensador aportó una idea que no he leído o escuchado en otrxs y que me parece de suma relevancia. Dijo que por primera vez en la historia de la vida, en sus tantos millones de años de existencia en la tierra, la totalidad del planeta se ve afectada por la amenaza o el ataque de un ser microscópico. Lo inédito, enfatizó, es que el planeta entero siente el peligro que lo cerca. Tal vez, nunca antes los seres humanos tuvieron la oportunidad de experimentar la pequeñez de este pedazo de materia viviente perdido en una galaxia, perdida entre vaya a saber cuántas galaxias dispersas.

Muchxs entre lxs que se han pronunciado sobre el drama que la humanidad está atravesando afirman que ha llegado la hora de aprender a practicar la solidaridad, de que esta práctica se generalice como necesidad impostergable; pues este no será el último virus o la última mutación del mismo que se reproduzca y se extienda rápidamente a través de la superficie terrestre. Las condiciones ambientales, el hacinamiento urbano, el hiper desarrollo tecnológico al servicio del capital, todo ello -y más- hace propensa su generación y propagación. La ciencia se expedirá sobre el problema con una verdad que habrá de neutralizar por un tiempo el asalto de ese tipo de amenaza que de cualquier modo, habrá de mantenerse latente.

En este inédito contexto certeramente enfatizado por el filósofo mendocino, trato de pensar, día tras día, practicando el cartesiano ejercicio de la duda, no metódica ni al servicio de la ciencia en este caso. Ajena a la búsqueda del punto arquimédico, trato de mantenerme en pie sobre la oscilación de la duda, así como se mantiene el surfista sobre su tabla en el oleaje marítimo.

Si bien es cierto que la duda no puede extenderse indefinidamente, pues termina licuando la actividad del pensar, rechazarla en pos de afirmaciones apodícticas, también anula el pensamiento. La duda se alimenta de interrogantes que carecen de respuesta inmediata. En esta posición escribo estas reflexiones.

Sin embargo, la duda no es bien vista. El prejuicio denunciado por Descartes continúa pesando. Blaise Pascal pertenece a la misma época que aquel -siglo XVII- y se pronunció en un posicionamiento antagónico al respecto. Haciendo profesión de fe en la religión católica, Pascal dio sus instrucciones para abandonar la duda, catalogada por la iglesia como pecado (Nietzsche, 2000: 89). Apoyándose en la utilidad de encarnar la fe en dios, manifiesta en uno de sus Pensamientos que es necesario hacer respetar la religión en primer término, luego “hacerla amable; hacer desear a los buenos que sea verdadera; y mostrar finalmente que es verdadera” (Pascal, 2003: 23). En otro lugar, el mismo Pascal afirma “actúa como si creyeras y la creencia llegará sola” (Molina, 2017: 363). Así suelen proceder los detentores del poder capitalista a través de sus mensajes mercantiles, aunque más embozadamente. La ciencia sacralizada y la tecnología como hija dilecta al servicio del mismo sistema sustituyeron a la religión y nos obligaron a tener certezas inconmovibles afianzadas por la costumbre.

Dice Inés Sotelo1, Psicoanalista lacaniana, que la ciudad, -otrora centro de la civilización- hoy se convierte en el eje de la desestructuración. Este señalamiento me conduce a las recomendaciones que un político anarquista daba en una conferencia ofrecida en el año 2015, para evitar el colapso al que el capitalismo conduce a la humanidad. Decía él, que una de las medidas a tomar es la des-urbanización. Para ello sería preciso que se implementaran políticas tendientes a propiciar la vida en medios rurales, financiando proyectos destinados a tal fin. Me pregunto si ese cambio en el hábitat no abriría la posibilidad de alimentar el buen vivir, como dice Evo Morales, potenciando la tan debilitada vida humana. Tal vez, sería preciso que el capitalismo sucumbiera. Pero ¿este ataque globalizado, al planeta entero, provocará la caída del capitalismo? Es una de las cuestiones puestas en duda… En el siglo XIV la peste diezmó la población de Europa durante el proceso de urbanización y la concomitante explosión demográfica. En esas condiciones el capitalismo mercantil prosperó. Se dirá que el desarrollo capitalista fue posible gracias a la usurpación de la riqueza de pueblos más débiles desde el punto de vista tecnológico. Sí, pero lo cierto es que la enfermedad que se expandió y produjo profundo sufrimiento, la experiencia horrorosa de los cuerpos putrefactos a la vista de todxs, lxs miles de muertos; todo ello no bastó para valorar la vida humana, como tal; es decir, no trajo aparejado el respeto hacia aprecio todos los seres humanos, por tener todxs el mismo destino final.

Este momento de desestructuración, al decir de Sotelo, bien podría servirnos para remover antiguas certezas que hoy cachetean la realidad. El mundo vive la experiencia de la amenaza mortal, constante, omnipresente ¿Qué estará ocurriendo en lo profundo de las subjetividades?

El COVID-19 es un real2 que responde a la ley de la biología”, afirma Sotelo. El ansia ilimitada de riqueza material tan patente en muchos individuos ¿será también efecto de un real? Digo “efecto” siguiendo a Miller (2014), quien afirma que lo real no tiene definición; se lo detecta por sus efectos. La herencia cultural de occidente da cuenta de eso, o similar a eso, transmitido por el cristianismo como uno de los siete pecados capitales: la avaricia. Incluso podríamos remontarnos a los mitos y leyendas de la Grecia presocrática, como la del Rey Midas. Cuenta esa leyenda que el dios Dioniso ofreció al rey la concesión de tres deseos como agradecimiento por una de sus acciones. Midas le pidió que convirtiera en oro todo lo que tocara. El goce que le producía la constatación del reluciente brillo dorado en cada objeto petrificado, se volvió en su contra cuando todo lo que necesitaba para cubrir sus necesidades básicas, incluso los alimentos también se convertían en oro. El rey retrocedió en su avaricia, pero la enseñanza no prendió como experiencia, ni en los gobernantes ni en los sectores sociales dominantes.

El biopoder, se armó de certezas brindadas por la tecnología para deshacerse de “elementos extraños”, a través de la inmunización, segregando y excluyendo hasta dejar morir a extranjeros o ciudadanos “indeseables” o “que sobran”. Pero este minúsculo virus, si acaso se lo buscó con ese fin, opera como bumerán. Se vuelve en contra de lxs dueñxs del poder económico-militar. Nadie está salvo. Y ¿qué ocurre en este caso con quienes tienen el poder de decisión económica y política?

La expansión témporo-espacial de la pandemia y la velocidad vertiginosa con la que se transmite la información, ofrece la oportunidad de observar diferentes procedimientos en la aplicación de medidas de seguridad donde se constata como el poder “descarta” vidas. Pero ¿qué sucede cuando la amenaza se vuelve contra los que se arrogan el derecho a decidir sobre el destino de una gran parte de la población mundial? Me pregunto ¿Qué pesa más: la propia vida (y la de familiares directos, seres queridxs o que se supone que son queridxs) o el poderío económico? ¿Será que en algunxs sujetos la prioridad absoluta está en la acumulación de capital; que esta vale más que la conservación de la vida? Y si es así, si la devaluación de la vida alcanza incluso a la propia vida de lxs que ejercen el dominio, entonces ¿qué hacer?

Me arriesgo a decir que los mensajes persuasivos y spots publicitarios lanzados y exhibidos con el propósito de crear consciencia en el sentido de la defensa de la vida no tienen la misma eficacia en todxs. En un extremo, se encuentran lxs que ponen el cuerpo hasta el límite de sus fuerzas en la lucha por la vida, en el otro extremo están lxs que avivan el goce mortífero que yace latente o actuante en ese real que parece inexpugnable. En el medio, un sinfín de comportamientos indefinidos.

Parece que hoy, por encima de la ciencia, de las creencias y de las certezas heredadas, se libra la guerra más terrible y temible que la humanidad haya experimentado jamás, entre la vida y la muerte. Terrible porque el artífice es silencioso, invisible, impredecible, imprevisible; porque envuelve al planeta todo, porque, como dice Dussel, es la primera vez en la historia de la vida que un ser minúsculo pone al orgulloso homo sapiens, presuntamente dueño de la naturaleza, al borde del abismo sin retorno.

La muerte acecha a los seres humanos, pero la vida ¿no se la ve resurgir con más fuerza, aquí y allá? La atmósfera más limpia, animales silvestres que recorren con paso tranquilo las calles de las más prestigiosas ciudades, las aguas de los canales de Venecia se tornan transparentes y acogen a peces y otras especies animales ¿No es esto una victoria de la vida, no estrictamente humana, sino de la vida en la diversidad de sus manifestaciones?

En el confinamiento, el tiempo se experimenta de un modo muy diferente al que se vivencia en época de actividad constante a la que obliga la exigencia de productividad neoliberal. Por momentos, los relojes parecen detenerse, se convierten en objetos casi prescindibles. Es un tiempo suspendido que permite la demora…y la quietud, estados en los que pueden alcanzar niveles de profundo goce. En ese sentido, creo que el encierro abre las puertas al tipo de experiencia autorreflexiva alentada por Nietzsche. De ahí que resulta posible permanecer, o moverse, en la duda. A mi entender, es otro aporte del virus “de la muerte” a la potenciación de la vida.

Leticia Molina

Facultad de Filosofía y Letras. UNCuyo.

Bibliografía

  • Dussel, Enrique. 2020.

  • Lacán, Jacques. 2015 [1953], “Lo simbólico, lo imaginario y lo real”, disponible en: https://lecturalacaniana.com.ar/lo-simbolico-lo-imaginario-y-lo-real/ (20/04/2020)

  • Miller, Jacques Alain. 2014. La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós.

  • Molina, S. Leticia. 2017. El cuerpo y el devenir de las fuerzas en Nietzsche. Buenos Aires: Biblos.

  • Nietzsche, Friedrich.. 2000. Aurora. Madrid: Biblioteca Nueva.

  • Pascal, Blaise. 2003. Pensamientos. Biblioteca Virtual Universal. Disponible en https://www.biblioteca.org.ar/libros/89354.pdf

1 Las referencias a Inés Sotelo son extraídas de La urgencia en tiempos de Coronavirus, texto enviado a lxs miembros de su equipo de investigación, en la UBA.

2 En la conferencia ofrecida en julio de 1953, “Lo simbólico, lo imaginario y lo real”, Lacán afirma que estos “son los registros esenciales de la realidad humana”. En esos años, muy cerca del estructuralismo, atribuye el mayor peso al plano simbólico, que sintetizado en “el Otro”; referencia a la cultura y, por tanto es la sede del lenguaje. Respecto de lo imaginario, subraya: “Un comportamiento puede ser imaginario cuando su orientación hacia imágenes y su propio valor de imagen para otro sujeto lo vuelven susceptible de desplazamiento fuera del ciclo que asegura la satisfacción de una necesidad natural”. En los años 70, ya lejos del estructuralismo, y aunque sigue considerando que los tres registros se hallan anudados, lo Real adquiere predominio. Este es el lugar de la dimensión pulsional, carece de ley, y se inscribe en el inconsciente cuando se liga a un significante.

En la actualidad, el orden simbólico es laxo, débil, sin el sustento fuerte de la Ley como garante (“no hay Otro del Otro”); por lo tanto, en el orden imaginario, las representaciones son escasas y avasalladas por la inmediatez de lo real.

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