martes , septiembre 21 2021
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Cine y Psicoanálisis: “Yo mate a mi madre”.

“Yo maté a mi madre”

Director: Xavier Dolan
Guion: Xavier Dolan
Música: Nicholas Savard-L’Herbier
Fotografía: Nicolas Canniccioni y Stéphanie Anne Weber Biron
Reparto: Xavier Dolan, Anne Dorval, François Arnaud, Suzanne Clément, Patricia Tulasne,Niels Schneider, Monique Spaziani, Bianca Gervais y Benoît Gouin
Productora: Indie Dandy Productions

País: Canadá /Año: 2009 / Género: Drama Biográfico. (Basada en la autobiografía del director/protagonista).

Martín Cardón – Prof. de Lengua

De las numerosas referencias a la cultura que propone la película “Yo maté a mi madre” de Xavier Dolan me interesa remarcar aquellas que provienen del ámbito de la literatura, y que evidencian los vínculos entre la lectura y la escritura que experimenta el personaje principal: Hubert.

Desde el comienzo del film, el contundente epígrafe de René Albert Guy de Maupassant  entra en tensión con el título de la obra, al develarnos algo que sospechamos pero que podemos haber no experimentado en carne propia: solo la muerte de nuestra madre nos permite tomar conciencia del amor que le tenemos como hijos. Esta idea, de poder dimensionar los más profundos sentimientos  en el momento de la “separación final”  nos retrotrae a los tópicos centrales de la literatura romántica europea, que podemos enumerar bajo una serie de binomios antagónicos: el amor y la muerte, la felicidad y la angustia, la libertad y la opresión, lo sublime del espíritu frente a la mezquindad del mundo material. Esta serie de oposiciones, propias de la mentalidad romántica, nos señalan que nada es pleno ni absoluto en sí mismo, que las experiencias sensibles más intensas se vivencian en la contracara abismal que las extingue.

Otra mención a la literatura romántica que remarca los vínculos entre madres e hijos se presenta en el momento de una nueva separación, cuando la profesora se despide de Hubert y le recomienda la lectura de la última estrofa de un poema que Alfred de Musset le dedicó a su madre. La lectura de estas palabras interpela a Hubert, y aunque visiblemente lo perturban no puede dejar de sentir un profundo rechazo hacia su progenitora. Este es el segundo gesto de reconciliación, entre madre e hijo, que viene de la mano de la literatura. Primero Maupassant y después  Musset, ambos sentencian sobre algo que los hijos no podemos hacer: odiar a nuestras madres. Se trata de escritores que insertan su poética en un entramado semiótico que construye una tradición en la que se afianzan ciertos valores y mandatos, entre los que sobresale el amor hacia los padres. Sin embargo, Hubert desafía constantemente esta tradición y cuestiona los mandatos, no solo como como hijo sino también como alguien que quiere hacer otra cosa por fuera de lo esperable y de lo establecido en la sociedad. Se rebela ante sus padres y ante la cultura para definir un lugar propio, y este camino parece encontrarlo por medio del arte. Lee, pinta y escribe para construir otra cosa, para decir lo que de otra manera no puede y salvar las distancias de la incomunicación, construyendo  así una dimensión estética que claramente no es la de su madre.

Esta búsqueda personal por el “decir” de otro modo, ya sea mediante la literatura o la pintura, le permite a Hubert sobrellevar el mundo que le ha tocado vivir. Un mundo que se hace cuerpo y se proyecta en los gustos, actitudes y hábitos de la madre. En el fondo, entonces, podemos decir que la muerte que Hubert desea es la de un sistema avinagrado que excluye todo lo no se acomoda a los cánones establecidos, y paradógicamente, quien puede comprender  parte de lo que le pasa es otra mujer adulta, su profesora de literatura. Tal vez porque ella sea todo lo que no es su madre, y entiende que  puede  “nadar en aguas turbulentas con la furia de la era moderna, pero con la poesía frágil de otros tiempos”.

 

Jessica Temperini – Partcipante del CID San Luis

Partiré precisamente como lo hace Xavier Dolan con  la cita del escritor francés Guy de Maupassant: Uno ama a su madre casi sin saberlo y solo toma consciencia de la profundidad de las raíces de ese amor en el momento de la última separación”.

¿Por qué elijo comenzar por aquí? Para marcar una obviedad: claramente la película trata sobre el amor. La cita misma ya abre una serie de interrogantes que invita a meterse con la historia que nos muestra tratando de encontrar alguna respuesta.

Inmediatamente lo primero que se me viene a la mente es la idea de que hay un amor que es posible no reconocer en sí mismo, un amor dirigido a la propia madre que al parecer podemos desconocer. Esto me resulta sumamente llamativo y me atrevo a aventurar la hipótesis de que es la idea que atraviesa toda la película, o tal vez ese sea el recorte que yo realicé para mi comentario.

Por otro lado, una de las preguntas que me invadió es si esa última separación de la que habla el escritor se refiere a la muerte misma o tal vez a alguna necesaria separación que puede –o no- ocurrir entre una madre y un hijo, que implica grandes consecuencias en la vida de cada uno.

Más en profundidad, la película nos habla del amor, del odio y de la compleja relación entre una madre y un hijo. Ya de entrada lo que claramente es puesto en escena es la repulsión que le provoca la madre a Hubert, este adolescente de 16 años que, agrego un dato curioso al menos, es la edad en la que Xavier Dolan escribió el guion de la película en cuestión. Así, Hubert muestra en sus gestos y en sus dichos el rechazo que le provoca su madre, parece no tolerar nada de ella, desde sus modos a sus gustos, entremezclado con una fuerte queja de la incapacidad de esta madre por escucharlo, todo esto ilustrado por el director de una forma exquisita a mi entender. ¿Qué nos aporta el Psicoanálisis para pensar  estas cuestiones?

De la mano de Marcelo Barros en su libro titulado La madre, decimos que “la maternidad no es un conjunto de patrones de comportamientos naturales o aprendidos, sino una experiencia libidinal sostenida por un deseo”1, es decir, el ser madre no tiene nada que ver con eso que se suele llamar el instinto materno. “No hay un saber… que garantice el buen encuentro de la madre con el niño”2 agrega el mencionado autor. Esto nos invita a pensar cómo se soporta esta falta de garantías en cada uno de los personajes del film. Es patente que Hubert espera de su madre otra, puesto en evidencia en las sucesivas comparaciones con otras madres que a su parecer “sí saben” cómo hacer bien las cosas. Es necesario agregar que la madre hace lo suyo pidiéndole a su hijo que haga “sondeos” de cómo son las otras madres o los otros hijos. Hay toda una intención del director en marcar –de forma algo exagerada- la diferencia entre la madre de Antonin y la de Hubert, la escenografía se encarga de ello, mientras que en la casa de Antonin abunda la luz y los colores claros, revuela un ambiente de bienestar y buen gusto de la mano del arte, en la casa de Hubert el ambiente es obscuro, sobrecargado de objetos que no combinan entre sí y sumamente silencioso y sombrío.

Hay una lucha de parte de Hubert por encontrar un lugar en su madre, un lugar perdido que parece no retornar nunca más. Esto se ilustra en la insistencia caprichosa de la madre en no escucharlo, no hacerle lugar a lo que él desea, cambiando de opinión constantemente, humillándolo, entre otras cosas. Quizás Lacan viene al auxilio para ubicar algo de esto cuando dice en su Seminario N° 17: “El deseo de la madre no es algo que pueda soportarse tal cual, que pueda resultarles indiferente. Siempre produce estragos. Es estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre. No se sabe qué mosca puede llegar a picarle de repente y va y cierra la boca. Eso es el deseo de la madre”3.

Más en las entrañas del relato vemos que en esa incesante lucha Hubert termina descubriendo, y en ese descubrir aceptando, que realmente ama a su madre, hay una asunción, un consentimiento, de ese amor que se elabora en el transcurso de la película. Esto se puede ver en la escena donde hace una especie de declaración de amor bajo los efectos de las anfetaminas. Hay un juego permanente entre el amor y el odio que invade todas las escenas. El odio emerge toda vez que no recibe de su madre la reacción que el espera luego de cada intento de mejorar el vínculo. El amor se refleja en no poder concretar lo que en su fantasía se despliega haciendo daño a su madre al romper objetos o desordenando el orden asfixiante que ella parece tener. Claramente Hubert no puede hacer daño, en lo real, a su madre. ¿Será por eso que la mata imaginariamente?

Una palabra que reflota a medida que se avanza en el análisis es separación,  palabra que desde un comienzo aparece con el peso de habilitar la toma de consciencia del amor que se le tiene a una madre, ni más ni menos. Desde que nacemos tenemos un arduo trabajo en el proceso de separación y en el camino vamos elaborando diversas pérdidas. ¿Es en Hubert o en la madre que se encuentra enmarañado este proceso en algún punto? Que Hubert al final se refugie en el lugar infantil llamado “su reino” ¿tiene que ver con esto?

Marcelo Barros en el texto mencionado nos advierte que “…hay que señalar que estas pérdidas lo son también de la madre, y que hasta ella misma es algo que cae-si te vas, me muero, es la peor versión de esa caída”-4. ¿No son acaso las solitarias palabras de Chantale?

Referencias bibliográficas:

  • Barros, M. (2018). La madre.Grama ediciones, p. 17.
  • Ibíd. 18
  • Lacan, J. El seminario: Libro 17. El Reverso del Psicoanálisis. Paidós: Buenos Aires. p. 118.
  • Barros, M. (2018). La madre. Grama ediciones, p. 29.

 

Carolina Vincenti – Prof. de Teatro

La película relata, desde la mirada de Hubert un adolescente de 16 años, la relación con su madre.

La construcción del relato se apoya en “insert” que responden a estéticas diferentes al “tiempo real”, por un lado es el propio protagonista (quien además escribió y dirigió el films) habla a cámara de su madre en blanco y negro. Por otro, aparecen algunos personajes detenidos como atrapados en un cuadro; además acciones contenidas (lo no dicho) que no se ponen en manifiesto y aparecen cual fantasías; recuerdos de su niñez (Flash back). Estos “insert” apoyan el relato del joven y están tratados, desde la fotografía, con tonos diferentes al tiempo real del relato de los hechos.

Considerando el tema de la película y su puesta en escena creo que el director se valió de algunos elementos simbólicos para reforzar su relato. Esto, podemos observarlo desde el uso de los colores y la iluminación.
Desde una mirada de la fotografía, como tratamiento de la luz, se observa que cada momento compartido con la madre; ya sea en la casa o en el auto e incluso en el exterior (cuando lo deja porque llega tarde a su trabajo, es un túnel sombrío); hay una atmósfera oscurecida, carente de luz que tiende al sepia. Predomina un tipo de luz artificial. En tanto, la madre también conserva un estilo anticuado, en correspondencia al arte de la casa, en su aspecto general.

En contrapunto: otra madre, a de su novio Antonie, quien hace su primera aparición entrando a cuadro con el fragmento de la obra “Las tres edades de la mujer” de Gustav Klimt. Ingresa completamente iluminada y con cierta frescura. En el hogar, si bien se presentan pequeñas fricciones, son sorteadas con humor y buen ánimo. Allí, predomina la luz y se observa un espacio más moderno; una madre actualizada desde su aspecto hasta lo emocional, ya que está al tanto de la relación de amor que están manteniendo los jóvenes. Y que, además, pone en valor el lado artístico y creativo de los jóvenes.

Hay un recurso que se repite en distintos momentos y tiene que ver con lo religioso. Ponemos ver a su propia madre santificada; la imagen de la virgen de fondo cuando su madre cae mientras lo persigue por los pasillos del colegio; secuencia que en lo personal me llevó al vía crucis  que realiza Jesús en las calles de Jerusalén. Así mismo, la imagen de Jesús en la última cena tras imágenes de palomas y seguidamente entra a escena el título “yo maté a mi madre” escrito en el trabajo que entrega Antonie a su profesora en el internado.  De alguna manera, considero que hay una intención narrativa en estas apariciones, que no son simple casualidades, dadas las características del film. Si bien no puedo, ciertamente, dar cuenta de lo que nos quiso decir, creo que están allí y colaboran fuertemente al universo del personaje. Tal vez, ponen de manifiesto que el sacrificio, de alguna forma, es parte del amor.

La musicalización se vió reforzada hacia el final, donde predominó secuencias de escenas agrupadas con un mismo tema musical. Construcción que me llevó a dar cuenta de un paralelismo de momentos, sin importar demasiado una cronología estricta. Lo que importaba era esa sucesión de hechos que decantarían en acciones concretas que ayudaría a avanzar la historia.
Desde la selección de los planos, observo que en general tienden a estar sobre los personajes. Hay pocos planos generales que nos den información del “afuera”, del entorno. Si no, más bien intentan estar sobre los protagonistas y mostrar cómo se van afectando con lo que les va sucediendo. Es para destacar que el final nos ofrece un descanso en la mirada, propone el paisaje del lago, aves recoloteando y una casa de fondo, mientras madre e hijo se reencuentran desde otro lugar. O no.

Considero que la suma de todos estos elementos generó un particular código estético de la película cargados de significados, que posibilitan arribar a distintas miradas. En lo personal, me resultó valioso observar cómo el personaje se aferraba y a su vez rechazaba, ese “reino” que había compartido con su madre en la niñez. Reino que se presentaba dorado, lleno de esplendor, y rodeado de una contención que no encontraba en su presente. Presente que se percibía con un desamparo materno; imagen retratada hacia el final, donde en posición fetal el protagonista permanece desnudo en una bañadera mientras es cubierto con agua. Imagen que percibí como un útero de cerámica frío que desprotegía su desnudez, su vulnerabilidad. La contradicción de una madre, que reclamaba mayor comunicación y no podía poner en valor a su hijo. Que por momentos se presentaba con grandes caprichos.

 

Mariana Anzorena

Participante CID San Luis

Así como Freud nos habló de la sexualidad del niño, como un perverso polimorfo,
Lacan ubica al niño como un sujeto capaz de responder, en una posición activa, cuando
se ve confrontado con el deseo del Otro. El niño adquiere su posición en la novela
familiar.
Ante el film surgen algunas preguntas como: ¿Cuáles son las respuestas posibles?,
¿Cómo confrontar el deseo del Otro?, ¿Cómo responde éste sujeto?, ¿Cuál es su modo
posible de enfrentarse al deseo de su madre?
En la familia algo se transmite, y también algo se pierde.
Cada sujeto construirá una novela para dar cuenta de una pérdida estructural. Freud
llamó a esto “la novela familiar del neurótico”, es decir cómo cada sujeto interpreta esa
fórmula entre el padre y la madre y cómo escribe su propia historia en esa trama. Esto
tendrá relación con su posición subjetiva, con la significación que se le de a ese
parentesco.
Podríamos pensar ¿qué es lo que se transmite en esta familia?, ¿Qué es lo no dicho?,
¿Cuáles son los secretos?, ¿Secretos en relación al goce?
Hablamos de un sujeto adolescente, que como todos en esta etapa trabaja en el
deshacimiento de la autoridad parental, en el distanciamiento respecto a los padres,
criticándolos, buscando sus propias maneras…
En este proceso adolescente, el joven entiende que, hay algo que los padres no le
pueden dar, como pensaba desde su visión de niño; hay algo que no cierra en la
familia…
Creemos decir lo que queremos, cuando en realidad somos hablados por nuestras
familias. Estamos atravesados por estos asuntos de familia aunque pensemos que
hacemos lo que queremos.
Este joven quiere diferenciarse, preguntándose y cuestionando. ¿de qué modo él es
“especial”?.
La familia “posibilita la constitución subjetiva, que implica la relación de un deseo que
no sea anónimo”, que sea un deseo con nombre y apellido, que le permita quedar unido
al linaje, a la historia de las generaciones. (Lacan, J. “Dos notas sobre el niño”)
Según como el sujeto interpreta el desarreglo estructural entre la madre y el padre y
cómo escribe su parte en esa trama, resultará su posición subjetiva en relación a su
familia.

 

Patricia Rojo Lopez

Coord. Cine Y Psicoanálisis

“Yo mate a mi madre”, un guión, imágenes , música, una buena construcción de arte audiovisual que nos interpela y convoca a conversar acerca  del vínculo madre-hijo como un gran paradigma de la relación amorosa, siendo el lazo más libre de ambivalencia. Allí existe una pasión el “odioenamoramiento”, esta por primera vez se da entre madre-hijo: allí hay amor y hay odio.

En el relato el protagonista: Hubert,  da cuenta de la intensidad del vínculo con su madre y de su necesidad vital de buscar una salida a ese destino fatal:  matarla sería lo necesario para que opere una separación que se le presenta tan dolorosa como necesaria.Es a partir de ese momento donde el fantasma de la muerte de la madre, aparece como un sustituto imaginario de la separación simbólica, como un modo imaginario de elaborar la separación. Siendo su fundamento irse despegando de lo que ha sido para el Otro, su madre.

La efectividad  de dicha separación, se puede ubicar, en el hecho de que “si un sujeto ha podido aferrarse a la vida, es porque alguien cumplió para él, mínimamente,la función materna.”1

El joven afirma que si alguien dañara a su madre mataría por ella, sin embargo no puede soportarla.

”Que la madre ocupe el lugar de das Ding, la cosa, implica que sobre ella recae el ser un polo de atracción y repulsión. (…) La madre puede ser lo menos familiar del mundo, hasta el punto de ser lo opuesto al mundo, lo más inmundo de todo”2.

Una escena clave nos muestra a un hijo que pregunta ¿Qué harías si hoy muriera?, y una madre a solas, contestando: “morirme mañana”.

La trama presenta el goce que habita en el joven, aquel que se juega en la pérdida de esa unión lograda y perfecta que existió en la infancia: ser todo para la madre, ser su falo, su felicidad. De esta manera los reproches a la madre, expresan como ese amor se transmuta en odio. Este relato nos enseña un modo de tratamiento de los altibajos del amor que lo trajo al mundo y sus sucesivos intentos de separación. Será con aquellos hilos cortados de esa primer separación con los que Hubert ,  pudo orientar las condiciones de su singular forma de amar, desear y gozar.

 

“Amamos a nuestras madres casi sin saberlo y solo nos damos cuenta de lo arriesgado de ese amor en la separación última.

Guy de Maupassant

 

 

 

  • Barros, M. La madre. Apuntes lacanianos. Grama ediciones., Bs.As., 2018., p 34.
  • Ibíd., p.72

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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